Cerrar brechas de oportunidad con propósito y resultados

“El verdadero impacto es humilde y progresivo: una persona a la vez, una oportunidad a la vez.”

                                                                                                                                            Lesly Simon

Lesly Simon ha construido una trayectoria que une el mundo corporativo, la diplomacia ciudadana y el voluntariado de alto impacto. Como directora de Community Engagement de South Dade Toyota y South Dade Kia, articula programas educativos, becas, alianzas técnicas y voluntariado empresarial que abren rutas reales de movilidad social para jóvenes del sur de Florida. Desde la South Dade Education Fund, la Venezuelan American Chamber of Commerce Foundation y Engranart ha impulsado iniciativas que acompañan tanto a estudiantes en contextos vulnerables como a pacientes oncológicos en su proceso educativo. Reconocida por el Congreso de los Estados Unidos, el Comando Sur y organizaciones como Be Strong International, su liderazgo encarna una idea de sostenibilidad centrada en las personas: cerrar brechas de oportunidad con estructura, medición e infinito sentido de servicio.

A lo largo de su trayectoria desde South Dade Toyota & Kia, la South Dade Education Fund, la Venezuelan American Chamber y Engranart hay un hilo conductor muy claro de servicio y comunidad. Si tuviera que resumirlo en una sola idea: ¿cuál es el problema de fondo que usted ha intentado resolver toda su vida?

Diría que toda mi vida he intentado cerrar brechas de oportunidad y acompañar a quienes más lo necesitan. Crecí viendo a mis padres ayudar a otros con lo poco o mucho que tenían, y entendí muy temprano que la desigualdad no es solo económica: también es emocional, educativa y social.

Así que desde niña aprendí un principio que guía cada una de mis decisiones: “las manos se hicieron para dar”.
Ese es el hilo conductor de todo mi trabajo: tender puentes entre recursos y necesidades, entre dolor y esperanza, entre talento y oportunidades reales.

En su rol como directora de Community Engagement, usted conecta empresas con necesidades reales del sur de Florida. ¿Qué decisiones concretas han permitido que la responsabilidad social de South Dade Toyota y South Dade Kia deje de ser filantropía dispersa y se convierta en una estrategia con resultados medibles para la comunidad y para el negocio?

Lo más especial de asumir este rol fue descubrir que South Dade Toyota y South Dade Kia ya tenían un trabajo profundo y auténtico con la comunidad, construido con el corazón y con el profundo deseo de educar y apoyar a las familias que nos han acompañado durante tantos años.

Mi aporte ha sido fortalecer ese compromiso desde la estrategia, entendiendo que las necesidades son ilimitadas, pero los recursos no.

Por eso tomamos tres decisiones clave:


1. Enfocar nuestros esfuerzos en educación.


2. Medir nuestro impacto con indicadores claros: becas, alianzas y voluntariado.


3. Integrar la responsabilidad social a la cultura del negocio, para que cada acción tenga sentido y sea sostenible.

La South Dade Education Fund apuesta por becas, alianzas académicas y programas de liderazgo juvenil. Cuando mira los últimos años, ¿qué iniciativa siente que cambió la trayectoria de más jóvenes, y con qué indicadores o evidencias se convence de que ese impacto es sostenible y no solo inspirador?

Sin duda, nuestras alianzas educativas con universidades y centros técnicos han sido el motor más poderoso de movilidad social para los jóvenes.

 Lo comprobamos con indicadores muy claros:

· Tasa de estudiantes certificados.
 · Inserción laboral en industrias técnicas.
 · Retención escolar.
 · Participación sostenida de empresas y mentores.

Estos datos evidencian que no estamos inspirando por un momento: estamos creando rutas de vida y desarrollo profesional para la próxima generación.

Con Engranart y el programa “Educar para Sanar” usted acompaña a jóvenes pacientes oncológicos en un momento de máxima vulnerabilidad. ¿Hubo alguna historia o encuentro con un estudiante que le redefiniera el concepto de éxito? ¿Qué aprendió ahí sobre educación, dignidad y esperanza que hoy aplica a todas sus causas?

Es difícil escoger una sola historia, porque son muchas las que, junto a mi socia Cecilia y nuestro equipo, nos han marcado profundamente. Pero hubo una adolescente en tratamiento oncológico que me dijo: “No quiero que me vean como una paciente, quiero que me vean como una persona que sueña”.

Esa frase no solo me conmovió: reafirmó lo que siempre he creído sobre el verdadero éxito.
El éxito no está en los logros visibles, sino en acompañar a otro ser humano sin reducirlo a su dolor, en verlo completo, con sueños, dignidad y futuro.

Desde entonces, cada causa que abrazo parte de esa convicción: educar es sostener esperanza y reconocer la humanidad del otro en su totalidad.

Usted está vinculada a múltiples juntas directivas y proyectos humanitarios en distintos países. En la práctica, ¿cómo decide a qué causas decir sí y a cuáles decir no? ¿Tiene criterios claros —personales y profesionales— para proteger su tiempo, su energía y la calidad del impacto?

Confieso que aprender a decir “no” no solo fue uno de los mayores desafíos de mi vida: sigue siendo mi mayor desafío, todos los días. Siempre he sentido que cada causa merece atención y, además, causas como la discapacidad o Venezuela y su gente me mueven profundamente. Pero con el tiempo entendí que para servir bien tanto a mi país como a otras causas, tenía que servir con enfoque.

Hoy mis criterios son precisos:
· Coherencia con mi propósito.
 · Capacidad real de aportar valor.
 · Gobernanza seria y transparencia.
 · Impacto multiplicador, no asistencialismo.

Proteger mi energía es parte de proteger la calidad del impacto. Y aunque me cueste, un “no” a tiempo también es un acto de responsabilidad y amor por las causas que sí puedo acompañar plenamente.

Ha recibido reconocimientos del Congreso de los Estados Unidos, del Comando Sur, de la Casa Blanca, de Be Strong International y del Island SPACE Caribbean Museum. Más allá del honor, ¿qué es lo que no se ve detrás de esas medallas: qué renuncias, miedos o momentos de duda han marcado su camino de liderazgo humanitario?

Los reconocimientos me honran profundamente, pero más que un logro personal, son un compromiso para dar más y visibilizar el trabajo de quienes están en primera línea, muchas veces sin reconocimiento.

Detrás de cada uno el miedo a hacer lo correcto siempre está presente, renuncias personales y noches de insomnio. Por ejemplo, emigrar sola con mis hijos pequeños, viajar para apoyar proyectos de voluntariado y equilibrar la vida familiar con la vocación de servicio son desafíos que no enfrento sola: detrás de cada logro hay muchas personas involucradas, mis hijos Ruthy y Abraham, mi mamá, mi hermana, mis amigos más cercanos que comparten conmigo estos sacrificios.

He aprendido que el liderazgo humanitario no nace de la perfección, sino de la vulnerabilidad, la coherencia y la constancia, y que cada desafío es una oportunidad para reafirmar mi propósito de servir y dar lo mejor de mí a los demás.

Durante 22 años lideró Asuntos Públicos en aerolíneas que conectaban Venezuela, el Caribe y Estados Unidos, y hoy impulsa causas educativas y sociales en varios continentes. ¿Qué lecciones le dejó el mundo corporativo que hoy son irrenunciables cuando se sienta a diseñar proyectos sociales o alianzas entre empresas, ONG y gobiernos?

Podría resumirlas en 3 lecciones:

1. Disciplina y procesos: sin estructura no hay sostenibilidad. Hoy aplico la misma disciplina a cada proyecto social: desde definir objetivos claros hasta medir resultados, porque quiero que cada esfuerzo realmente transforme vidas y no se quede en buenas intenciones.

2. Comunicación clara y honesta: las alianzas solo funcionan cuando todos saben qué se espera y cómo aportar. En el ámbito social, esto significa ser transparente con los jóvenes, las familias, las empresas y las organizaciones, para que cada colaboración sea genuina y efectiva.

3. Gestión de crisis: aprendí a actuar rápido, con cabeza fría y sensibilidad ante situaciones inesperadas. En proyectos sociales, esto se traduce en acompañar a quienes atraviesan momentos difíciles, adaptarnos a cambios y tomar decisiones difíciles, siempre con humanidad.

Lo más importante que me sigue dando el mundo corporativo es que el impacto social necesita profesionalismo, compromiso y estrategia, pero también corazón y presencia. Porque detrás de cada iniciativa hay personas reales, sueños que proteger y vidas que transformar.

Usted suele hablar con jóvenes sobre voluntariado, propósito de vida y carreras guiadas por valores. Desde esa experiencia, ¿cuál diría que es el principal autoengaño de quienes quieren “cambiar el mundo”? ¿Y qué prácticas concretas recomienda para hacer impacto sin perder los pies sobre la tierra ni quemarse en el intento?

El mayor autoengaño es pensar que se logra con grandes gestos. El verdadero impacto es humilde y progresivo: una persona a la vez, una oportunidad a la vez y a veces basta una sonrisa o un simple “hola” para generar un cambio profundo.

Para lograrlo, es fundamental definir tu propósito y alinear tus acciones con él. Por ejemplo, sé que trabajar con personas de la tercera edad me impacta emocionalmente, así que procuro no involucrarme directamente en esos casos, para poder servir de manera efectiva en otras áreas donde mi aporte es más sostenible.

Mis recomendaciones para quienes quieren generar un impacto real son:
· Comenzar pequeño.
 · Medir resultados.
 · Cuidar la salud emocional para evitar el desgaste, meditando, leyendo, practicando algún deporte.
 · Buscar mentores.
 · Recordar que uno no es el héroe: el protagonista siempre es quien recibe la oportunidad.

En 2022 llevó la bandera de Venezuela en el Maratón de Nueva York y corrió como guía para atletas con discapacidad. Si piensa en esa carrera como metáfora de la vida y el liderazgo, ¿qué aprendió sobre acompañar a otros, marcar el ritmo, saber cuándo impulsar y cuándo simplemente sostener?

Cargar la bandera de Venezuela en el Maratón de Nueva York fue uno de los mayores honores de mi vida. En ese momento me sentí embajadora de Venezuela, llevando con orgullo nuestra resiliencia y el coraje que todos los venezolanos demostramos ante nuestras circunstancias.

Mi experiencia como guía de atletas con discapacidad también me dejó una enseñanza profunda: Mercedes y David, dos maratonistas en silla de ruedas, me mostraron que la limitación física no define la capacidad de lograr algo. Gracias a ellos aprendí a confiar en mí misma, a escuchar mis propias fuerzas, a ser paciente con mis tiempos y a encontrar el ritmo que me permite avanzar sin compararme con otros. Su ejemplo me impulsó primero a correr en Miami y luego en Nueva York. Comencé a correr a los 54 años y a los 58 años hice Nueva York, así que aprendí que ni la edad ni los tropiezos determinan lo que uno puede alcanzar.

También aprendí que el liderazgo es como correr un maratón: no se trata de ir más rápido, sino de saber cuándo empujar, cuándo acompañar y cuándo sostener. Cada persona tiene su ritmo, y mi papel es brindar apoyo, confiar en sus capacidades y avanzar juntos hacia la meta, con paciencia, constancia y corazón.

Hoy usted es referencia para la diáspora venezolana y para muchas comunidades latinas y caribeñas en Estados Unidos. Si pudiera poner una sola frase en una valla a la orilla de la autopista rumbo al sur de Florida, dirigida a todos los jóvenes hispanos que pasan soñando con “progresar”, ¿qué diría esa frase y por qué?

“Tu origen no define tu destino: tu propósito sí”.

Lo digo porque he visto a miles de jóvenes llegar a este país con miedo y sueños fragmentados, enfrentando incertidumbre, barreras culturales y económicas. Y también he visto cómo, cuando identifican sus sueños, encuentran educación de calidad, apoyo sólido y alianzas que los acompañan, pueden transformar esas dificultades en oportunidades reales. La identidad, sus raíces y su historia no son un límite: son un punto de partida, un motor que, cuando se conecta con un propósito claro, permite que cada joven construya su propio camino, haga realidad sus sueños y deje su huella.

Factores Clave 

  • Servicio como eje de sostenibilidad social: cerrar brechas de oportunidad educativas, emocionales y económicas.
  • Estrategia con métricas: becas, certificaciones, inserción laboral y voluntariado como indicadores de impacto real.
  • Traslado de la disciplina corporativa al sector social para asegurar continuidad, transparencia y gobernanza.
  • Liderazgo entendido como maratón: acompañar ritmos distintos, sostener a otros y convertir la vulnerabilidad en fuerza colectiva.

El recorrido de Lesly Simon demuestra que la sostenibilidad social no es un discurso, sino una práctica que combina propósito, estructura y métricas claras al servicio de las personas. Su capacidad para traducir la experiencia corporativa en proyectos educativos, de salud y de inclusión que miden becas, certificaciones, inserción laboral y redes de voluntariado, la posiciona como un puente entre empresas, comunidades y futuras generaciones. Su legado se construye acompañando a otros a su propio ritmo, como en un maratón que se corre con constancia y corazón. De cara al futuro, su ejemplo recuerda que cerrar brechas de oportunidad es la condición para que el progreso sea realmente compartido.